Tu soria particular…

Cotidianidad

Hace ya unos años escribí un artículo en un periódico. Hoy te lo reproduzco con mínimas variaciones…

En la entrada de este post reproduzco una foto de Soria. Es de Vinuesa. Más abajo una de Morón de Almazán, y otra del Picofrentes -visto desde Fuentetoba.

Soria me recuerda la importancia de tener raíces. De saberse de un lugar. De identificarse con él. La satisfacción de saber que uno pertenece a una familia, a una tierra, a una cultura. El gozo en la certeza de que uno es importante para alguien por el mero hecho de existir, y no por sus logros o aportaciones.

Morón de Almazán -Soria

¿Cómo puede Soria evocar semejantes pensamientos?  Porque Soria me sugiere verano. Subirse a los árboles. Pescar en el Duero. Cazar lagartijas. Hacer de monaguillo, jugar monopoli, e ir en bici. Y tantas otras cosas que uno hacía en los veranos. Aquellos veranos en los que por lo único que uno debía preocuparse era por no despertar a los mayores en su siesta, y soñar con que estos olvidasen las vacaciones Santillana –que paradójicamente venían a estorbarle a uno dichas vacaciones.

Volver a nuestras raíces nos ayuda a recordar que las personas son valiosas en sí mismas. Porque cuando uno va a Soria, y cada uno tiene su soria particular, visita a sus tíos abuelos. Y a las primas segundas de su madre. Y a las cuñadas de un pariente que falleció hace dos inviernos. Y no lo hace por lo que pueda recibir de ellas –una madalena a lo sumo- sino por lo que uno puede aportarles: un rato de conversación, de compañía, de alegría. Y eso le devuelve a uno a la realidad. Porque la realidad es que la alegría surge de dar a los demás de lo propio. En cuyo caso, aunque aparentemente sea contradictorio, en lugar de vaciarse uno se siente más lleno que nunca.

Picofrentes -visto desde Fuentetoba

Volver al soria particular de cada uno es fundamental porque al no haber novedades, uno puede complacerse en la belleza de lo conocido. Un balcón con flores. El curso del río. La ermita medio derruida, y la fachada del palacete recientemente restaurada. Y esto es importante, porque el bombardeo continuo de novedades nos impide la contemplación, el aprehender, el asimilar, el extasiarnos ante la belleza y deleitarnos ante la armonía. Porque, aunque parezca un contrasentido, la belleza que en sí misma es siempre una novedad, puede surgir de lo largamente conocido.

Cuando regresamos a nuestro soria después de haber visto otros mundos, quizás más glamurosos, captamos que cosas que en el ajetreo diario hemos trivializado, son sin embargo valiosas. Nos percatamos del valor de una amistad, de los lazos de la sangre, y aún más importante, del valor del tiempo. Del tiempo que es inflexible, y aun peor, irrecuperable. Del tiempo, que podemos invertir en cultivarnos y en tener un efecto positivo en los demás, o que podemos dejar pasar sin hacer un uso cabal de él. Porque como decía Machado, el poeta que alcanzo su culmen literario en Soria, “caminante, son tus huellas el camino y nada más.” Y cada uno hemos de buscar que las nuestras marquen un camino digno de haber sido recorrido.

 

Palacio de los Condes de Gómara – Torre de los Rios- visto desde casa de mis padres.

Ya bien entrado Agosto, sólo me queda desear que tú tengas un buen verano, especialmente si, con palabras de  Gabinete Calligari tienen la suerte de decir “Voy camino Soria, ¿tú hacia dónde vas?, allí me encuentro en la gloria, que no sentí jamás.”

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